Llovió, tronó, relampagueó y aún
así decidimos ir al Hipódromo de las Américas. Fueron mis abuelos, mi hermano,
unos amigos y yo. Llegábamos emocionados con la chispa de querer apostar por
esos animales tan veloces y tan hermosos como son los caballos.
“¡Mesero!”,
gritó mi abuelo. En seguida se acercó y sin pensarlo ordenamos unos platillos para
cesar la voraz hambre que nos exigía ejercitar nuestra dentadura. Después de
unos cuantos bocados, decidimos entrar de lleno a las carreras para desembolsar
los centavos en las apuestas.
“¡Mesero!”,
volvió a gritar mi abuelo para pedir el Whiskey que lo acompañaba toda la tarde
y así observar el espectáculo de los “centauros” que, si fueran rojos, los
confundiríamos con unos Ferraris por su rapidez.
Mientras
tanto, mi abuela, mi hermano y yo, platicábamos de qué caballo podría ser el
indicado para apostar y ganar… Después de cinco apuestas, nuestras pláticas y
estrategias no servían y mi abuelo sólo reía sin parar.
“¡Mesero!”,
ahora gritaba mi abuela pidiendo un tequila doble para seguir apostando por
aquellos jinetes de baja estatura. Nada cambiaba, todo se repetía de la misma
forma, no ganábamos.
Pasaban las
horas, las apuestas se agotaban y las ganas se escaseaban. Los ánimos entre mi
familia se calentaban por las risas de mi abuelo y las apuestas perdidas de mi
abuela. Hasta que de pronto mi abuelo desapareció, no se encontraba en su silla,
sólo se encontraba la copa vacía que había saciado su paladar. Pensé que su
ausencia era por la pelea que se suscitó entre ellos. El pánico se apoderaba de
mí.
Decidí
tranquilizarme y seguir con la siguiente competencia, escuchaba en todas
direcciones que se trataba del caballo estrella llamado Relámpago. Era un
caballo negro, precioso y musculoso. Todos apostaban por él, nadie daba
créditos por otro caballo, y sólo él ganaba.
“¡Y
aaarrancaaaan!”, decía el narrador mientras los nervios se apoderaban de las
tribunas.
Llegaron los
caballos a la meta y como esperábamos, Relámpago había ganado sin percatarnos
que había una falta por parte de él.
Después de
unos minutos, llegó mi abuelo contento y muy emocionado: “¡Gané, gané!, aposté por
Tordillo y descalificaron al negro ése”, gritaba sin parar. Dicho y hecho, mi
abuelo había ganado a la primera apuesta. Aquella descalificación de Relámpago
nos había impactado, no creíamos lo sucedido y estábamos anonadados.
Después de recibir
el premio, mi abuelo decidió invitarnos a cenar y es así como solucionaron su
discusión.
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