lunes, 17 de junio de 2013

Ese día

Era preparatoriana, la vida era ligera y sin tantas responsabilidades, por supuesto era todo color rosa, que en algunas ocasiones como en toda vida existente, el rosa se volvía negro, otras veces azul y en ocasiones blanco.
Era viernes fin de mes, las amigas y amigos se alistaban para el último zumbido de aquella campana que indicaba que las clases habían terminado para iniciar la vida sin tareas y apuntes que a veces aburrían más que la biblia, augurando que está por demás decir que cada viernes era interminable por la espera de aquel sonido sui géneris que alborotaba las endorfinas de cualquier adolescente estudiantil.
Mi reloj y el de todo México marcaron las 14:30 horas, tomé mi mochila y me decidí a ir a la biblioteca Vasconcelos para mi único objetivo: entrar a la Universidad. ¿Alguna vez pensaron cambiar la vida social por un libro y una taza de café acompañada por dos cucharaditas de azúcar para endulzar el momento?, sólo sé que el costo de oportunidad era demasiado alto.
Estaba en la biblioteca, estudiando cosas del diablo, sí, a lo mejor saben a qué me refiero las queridas parábolas que causan dolor de cabeza que ni un “Dolac” ayuda a mejorarlo, cuando de pronto revisé el celular para tener consciencia del tiempo, sin percatarme que tenía un 16% de batería, sin importar más, seguí con mi café, mi libro y mi dolor de cabeza…
De pronto sonó el “ring-ring” seguido de varias vibraciones con el número de mi mamá, le contesté y dije: “¿bueno?” seguido de: “¿Dónde estás?, me tienes muy preocupada, no sé nada de ti”… sin tanta explicación, la plática seguía y los ánimos empezaron a calentarse por parte de mi madre, sin creerme que yo estaba realmente en la biblioteca, mis explicaciones no eran tomadas en cuenta hasta que se me ocurrió que tenía que cambiar la jugada para que no siguiera molestándose, por lo que tomé una decisión extremista y a la vez arriesgada diciéndole: “bueno mamá, lo siento, estoy con mis amigos en una fiesta, llego en una hora a la casa”… se inició un silencio de aproximadamente 3 segundos donde sentí que la virgen me hablaba,  pensé lo peor que me pudo haber pasado… hasta que de pronto se escuchó la voz de mi mamá diciendo: “bueno hija, está bien, no hay problema, sólo dime en dónde estás y no tendremos más discusiones”

¿Qué tipo de moraleja podemos tener después de esta experiencia?... ¿Ir de fiesta y no estudiar?, ¿mentir por ir a la biblioteca y no a la fiesta?... sigo recordando esta experiencia con lágrimas de risa y curiosidad del porqué tuvo esa reacción mi querida madre.

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