Era preparatoriana, la vida era ligera y sin tantas responsabilidades,
por supuesto era todo color rosa, que en algunas ocasiones como en toda vida
existente, el rosa se volvía negro, otras veces azul y en ocasiones blanco.
Era viernes fin de
mes, las amigas y amigos se alistaban para el último zumbido de aquella campana
que indicaba que las clases habían terminado para iniciar la vida sin tareas y
apuntes que a veces aburrían más que la biblia, augurando que está por demás decir
que cada viernes era interminable por la espera de aquel sonido sui
géneris que alborotaba las endorfinas de cualquier adolescente
estudiantil.
Mi reloj y el de todo México marcaron las 14:30 horas, tomé mi mochila y
me decidí a ir a la biblioteca Vasconcelos para mi único objetivo: entrar a la
Universidad. ¿Alguna vez pensaron cambiar la vida social por un libro y una
taza de café acompañada por dos cucharaditas de azúcar para endulzar el
momento?, sólo sé que el costo de oportunidad era demasiado alto.
Estaba en la biblioteca, estudiando cosas del diablo, sí, a lo mejor
saben a qué me refiero las queridas parábolas que causan dolor de cabeza que ni
un “Dolac” ayuda a mejorarlo, cuando de pronto revisé el celular para tener
consciencia del tiempo, sin percatarme que tenía un 16% de batería, sin
importar más, seguí con mi café, mi libro y mi dolor de cabeza…
De pronto sonó el “ring-ring” seguido de varias vibraciones con el
número de mi mamá, le contesté y dije: “¿bueno?” seguido de: “¿Dónde estás?, me
tienes muy preocupada, no sé nada de ti”… sin tanta explicación, la plática
seguía y los ánimos empezaron a calentarse por parte de mi madre, sin creerme
que yo estaba realmente en la biblioteca, mis explicaciones no eran tomadas en
cuenta hasta que se me ocurrió que tenía que cambiar la jugada para que no
siguiera molestándose, por lo que tomé una decisión extremista y a la vez
arriesgada diciéndole: “bueno mamá, lo siento, estoy con mis amigos en una
fiesta, llego en una hora a la casa”… se inició un silencio de aproximadamente
3 segundos donde sentí que la virgen me hablaba, pensé lo peor que
me pudo haber pasado… hasta que de pronto se escuchó la voz de mi mamá
diciendo: “bueno hija, está bien, no hay problema, sólo dime en dónde estás y
no tendremos más discusiones”
¿Qué tipo de moraleja podemos tener después de esta experiencia?... ¿Ir
de fiesta y no estudiar?, ¿mentir por ir a la biblioteca y no a la fiesta?...
sigo recordando esta experiencia con lágrimas de risa y curiosidad del porqué
tuvo esa reacción mi querida madre.
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